Celebration for the proclamation of Felipe V as King of Spain in Meknes (1701)
Ruiz Jiménez,
Juan
Real Academia de Bellas Artes de Granada
0000-0001-8347-0988
Abstract
When the news of the proclamation of King Philip V in the territories of the Spanish crowns reached Meknes, capital of the Sultanate of Morocco, the Spanish captives celebrated and gave thanks for it in the church of the Discalced Friars Minor in that city on 15 and 16 May 1701.
Keywords
royal proclamation , procession , mass , cheers , acción de gracias , funeral rites , announcement , illuminations , Pange lingua (hymn) , Te deum laudamus (hymn) , sermon , pyrotechnic devices , Felipe V (king) , Juan de las Hebas Casado (chaplain, writer) , Moulay Ismail Ibn Sharif (sultan) , Diego de los Ángeles (Franciscan) , Order of Discalced Franciscans , Carlos II (king) , drum players , instrumentalists , drum player , fife , clarion player
El 17 de agosto de 1701, se daba cuenta de la noticia de la celebración y acción de gracias, con motivo de la proclamación del rey Felipe V, que los cautivos españoles en Mequinez habían hecho en la entonces capital del sultanato de Marruecos. Lo insólito del hecho hizo que el capellán Juan de las Hebas Casado, tomando como fuente la “desaliñada” narración que le había llegado a través de Antonio de Ubilla, secretario de Estado, redactara el texto que en ese momento se imprimía.
En esa fecha, era sultan Mulay Ismaíl, el cual, gracias a la intercesión de fray Diego de los Ángeles, permitió a los franciscanos menores la construcción de un nuevo convento, el cual mantendría su dedicación a la Purísima Concepción de María, y un hospital en el barrio llamado de las Rosas, conocido después como Kaauarda (Kasbah Qua Warda), junto a la muralla oriental de la ciudad, cerca de la actual mezquita Zaytouna (= del olivo). La crónica hace referencia en varias ocasiones al: “Vite, o habitación separada de españoles”. Este término designaba el lugar dónde residían los cautivos y era sinónimo, entre otros, de mazmorra o canuto, denominación esta última que podemos ver en el mapa publicado en el libro de John Vindus A Journey to Mequinez (London: Jacob Tonson, 1725), el cual nos permite visualizar la ubicación tanto del convento como del “canute or place where the Christians lye” (ver recurso).
La crónica señala que una vez que los cautivos tuvieron noticia de la proclamación en los territorios españoles del rey Felipe V:
“Quisieron dar a Dios las gracias, conforme lo permitían sus ahogos, en la iglesia más antigua de dicha ciudad, que llaman mayor, con la advocación de la Concepción Purísima de María, asistiendo el reverendísimo padre vice-prefecto apostólico y guardián fr. Diego de los Ángeles y comunidad de religiosos franciscos del convento corto [sic] que permite aquel príncipe y mantiene la piadosa liberalidad del rey católico”.
No cabe duda de que esta celebración pudo llevarse a cabo gracias a las buenas relaciones existentes entre el sultán y el franciscano Diego de los Ángeles que distintos investigadores califican de verdadera amistad. El cenobio de Mequinez pertenecía a la provincia andaluza de San Diego, de los frailes menores descalzos de San Francisco que tenía su matriz en el convento de San Diego de Alcalá de Sevilla.
La crónica hace apología de la generosidad con que la corona española asistía a los cautivos mediante diferentes ayudas para su redención, por lo que al enterarse de la noticia del fallecimiento del rey Carlos II: “hicieron sus honras con general llanto en la iglesia mayor que se llama así por haber otras cuatro más pequeñas, adonde por alta providencia se celebra todos los días el santo sacrificio de la misa”. Este testimonio directo nos permite conocer la exequias que se habían realizado en Mequinez por el monarca Carlos II y la pequeña red de asistencia espiritual que tenía el numeroso grupo de cautivos españoles en la capital del sultanato marroquí.
Llegada la noticia de la proclamación, “algunos oficiales graduados”, junto a un nutrido grupo de cautivos, fueron hasta el convento franciscano para solicitar a fray Diego de los Ángeles la celebración en él de la ceremonia de acción de gracias y que nombrase a uno de los religiosos como capellán especial de los cautivos, “que serán en número de ochocientos”, ya que fray Diego no podía asistir a todas las tareas que derivaban de la asistencia a enfermos “y maltratados”.
Concedido el permiso, se liberó a doce cautivos en señal de regocijo. El principal problema para la celebración era económico, dada la precariedad con la que los cautivos subsistían en Mequinez. Aún así, de unas casas que arrendaban en el Vite, recaudaron 10.800 reales: “suma excesiva para unos pobres que con un poco de pan trabajan mientras lo permita la luz”.
La ceremonia tuvo lugar el 15 de mayo de 1701:
“Después que levantaron los cautivos las manos a las tareas, se juntaron todos en el convento, a quienes el reverendísimo padre guardián hizo una plática breve, exhortándolos a la paz y quietud, sin la cual no se lograba el intento y se daba motivo a los moros para estrechar las cadenas… acompañaron al Santísimo Sacramento, que el ministro llevó oculto, desde el convento a la iglesia del Vite, distante trescientos pasos. Iban muchas luces descubiertas y faroles encendidos y colocada su Divina Grandeza en una curiosa custodia y decente sitial, quedó así con doce luces hasta que se empezó la fiesta”.
La crónica nos describe también la iglesia conventual, consideraba, como hemos visto, “la Mayor” de la ciudad:
“Pequeña para templo entre católicos, pero una maravilla para casa entre los infieles: es su longitud de veinte y ocho pasos, la latitud de nueve y la altura de solas cinco varas, porque con la elevación a las demás casas no dé a los moros algún motivo de queja. Tiene aún en esta estrechez tres naves, que las forman cuatro pilares de ladrillo. Hay solo un altar, adonde está la imagen de la Concepción Purísima y a un lado las armas del rey católico y al otro las de la orden seráfica”.
Para esta celebración, habían adornado especialmente el altar con un frontal rico y revestido las gradas, en medio de las cuales habían colocado una almohada carmesí y sobre ella una corona. A ambos lados del presbiterio y por el cuerpo de la iglesia habían dispuesto una especie de colgadura de papel pintado con flores doradas, así como otros improvisados adornos. Colocaron en el altar cien velas de cera blanca en candeleros de madera plateados y a los pies de la iglesias situaron un púlpito para un orador, “señalándose el lugar a los que habían de cantar en medio de sus congojas”, y a la comunidad franciscana le reservaron el sitio en el que solían sentarse en las funciones a las que acudían.
Los diputados de la fiesta, la noche antes, dieron una cena a los cautivos españoles, a la que invitaron también a los de “todas las naciones”. Ante el temor de los organizadores a que los cautivos españoles obligaran a los extranjeros “a que dijesen a una voz Viva Felipe Quinto”, se mandó: “que un tambor pregonase por todas las calles del Vite que cualquier persona que diese motivo a la inquietud sería luego castigada a uso de milicia, sin apelación”. Organizaron entre los oficiales que había un pequeño grupo para controlar y evitar disturbios entre la población cristiana que pudiera dar motivo a una represión por parte de la autoridad local.
Por la noche, como pálido y modesto remedo de las fiestas que por similar motivo se celebraron en las ciudades y pueblos de los territorios de la corona española, iluminaron el barrio:
“Se encendieron en las calles luminarias y en las estrechas ventanas o puertas de los aposentillos pusieron unos velas de cera, otros candiles, que parecían mejor que en otras cortes hachas o bálsamos derretidos. La plazuela o lonja de la iglesia estaba con más luces que los otros sitios y, como era razón, con más adornos. Había una colgadura de paño y lo más raro es que, en los cuatro ángulos, se pusieron láminas, aunque pequeñas, ricas, que los pobres cautivos tuvieron escondidas, con las imágenes de su mayor devoción”.
Enfrente de la celda en la que el religioso “semanero” asistía espiritualmente a los cautivos, se dispuso un arco de flores “sobre un paño de oriente matizado”, en el que se había adherido un rótulo que decía “Viva Felipe Quinto, rey de las Españas”, colocándose a los lados unos hacheros fijos a la pared con dos hachas para su iluminación.
Llegó fray Diego de los Ángeles con seis religiosos más y por orden del capellán semanero, como era costumbre, “se llamaron en alta voz a los cautivos” para iniciar la ceremonia:
“Vistióse luego el capellán y acercándose al altar se canto el Tantum ergo sacramentum, y descubierto el Santísimo, cantaron algunos devotos los versos que tuvieron más al caso para solemnizar el culto. Predicó un religioso un sermón breve, con mucha ternura y devoción”.
Se confeccionó un estandarte real, en cuyo centro se habían pintado las armas reales. Fue bendecido por el ministro oficiante y portado por un sargento reformado del tercio de Nápoles, mientras que un alférez español sería el encargado de llevar el retrato del rey. Se cubrió el sitial del Santísimo con un velo y se puso el retrato del rey bajo un palio cuyos varales se asignaron a seis sargentos de diversos ejércitos españoles.
En la puerta de la iglesia, aguardaban con sus velas todos los cautivos españoles. Iniciaba el cortejo procesional el estandarte que iba seguido de una gran “tarjeta” en la que se había escrito “Viva Felipe Quinto, rey de España”, la cual llevaba un cabo de escuadra de Guzmanes napolitano, acompañados de “algunos instrumentos músicos que había reservado la mísera esclavitud, adivinando que, aún colgados en la servidumbre, podrían servir en esta ocasión”. Se situó después la almohada con la corona que llevaban cuatro sargentos, tras la que iba la gente ordenadamente en dos filas con sus velas, mientras que el resto se acomodó a dónde pudo: “sonaban caja, pífano y clarín y dos hombres quemaban con grande abundancia cohetes. Apenas se descubrió la tarjeta, empezaron todos a decir –Viva Felipe V– con las mismas ansias y celo que si estuvieren en la corte”.
De esta manera recorrieron todas las calles del Vite de los españoles, las cuales, además de iluminado, se habían alfombrado con flores y hierbas aromáticas. Al llegar a la iglesia conventual de la Concepción, estaban esperándolos el preste y la comunidad franciscana. Al entrar el retrato del monarca, se empezó a cantar el Te Deum laudamus, recorriendo la iglesia para disponerlo en el lado del evangelio:
“Cantó el preste una oración, estando todos de rodillas y puesta corona y almohada a los pies del retrato de su majestad, cogió el alférez el estandarte y tremolándolo a vista de todos, con muchos aplausos de Viva el rey Felipe, se puso encima de la tarjeta, con dos guardas de partesanas y con dos hachas a los dos lados estuvo toda la noche con la asistencia de los más cautivos, que con muchas músicas y otras demostraciones alegres, a vista de las diferentes naciones que lo admiraban, con quietud y paz manifestaron su gozo”.
Ausente de la ciudad el sultán, su hijo, al enterarse de que la comunidad cristiana cautiva celebraba una “gran festividad, en honra, como se dijo, de la Pascua”, les concedió descanso al día siguiente, con lo que pudieron “posar con regocijos y aclamaciones la noche”. Siendo advertido el hijo del sultán de que “había ruedas de fuego y otros ingeniosos artificios nunca visto de aquella morisma”, y expresando su deseo de verlos, se llevaron algunos y se dispararon en su presencia, gratificándoles este con cien ducados “de blanquillos de la tierra”.
Al alba del día siguiente, se llamó a los cautivos a misa: “que se cantó con solemnidad”. Hubo una gran concurrencia de gente y el alférez, que había tenido el estandarte durante toda la ceremonia, de rodillas, hizo entrega del mismo al preste: “aquí todos con lágrimas de cariño respondieron así sea… y todos con grandes ansias y fiel vocería empezaron a gritar: Viva nuestro católico monarca D. Felipe V”, no sin dejar de expresar el deseo de que conquistara pronto esas “infieles provincias”.
Termina el cronista expresando su escepticismo y dudas sobre el relato de todo lo acaecido, dada las duras condiciones y el férreo control al que los cautivos estaban sometidos en los distintos enclaves del sultanato de Marruecos. Lo que sí sabemos por otras crónicas era la protección real que Mulay Ismaíl brindó a fray Diego de los Ángeles y a los frailes de su comunidad para la atención espiritual y médica a los cautivos españoles en Marruecos y a su efectiva labor diplomática entre las cortes de Madrid y Mequinez que permiten dejar abierta una puerta a la “liberalidad” que parece desprenderse de la crónica.